El caso de Alice Stone, ¿Desaparición secuestro o asesinato?


Emma estaba sentada en un sillón de la salita de su casa, con el pijama puesto y una manta tapándole los pies. Sujetaba entre las manos una taza de infusión digestiva caliente. En ese momento, Emma estaba cómoda, sin problemas ni dolores de cabeza. Ya que estos días atrás, mientras se recuperaba del susto que tuvo en el parque, había tenido muchas visitas de Ian y Frank, y no había podido relajarse de verdad.
Mientras recuperaba fuerzas y volvía a ser ella misma, había notado como Ian se alejaba de ella. Emma no entendía nada.
A Ian le había dolido mucho que su amiga no hubiese tenido en cuenta su recomendación de no acercarse al parque una vez que hubiera anochecido. Al menos, mientras detenían al agresor que rondaba los alrededores.
Por lo tanto, era Frank quien más se había acercado a casa de su amiga esa semana, con novedades sobre el caso. Además, este le había descrito agresiones similares a otras personas, con la intención de hacer entender a Emma que el peligro era real en esos momentos. Una de las cosas que describió Frank fue un caso de asesinato que tuvo él cuando todavía no era compañero de Ian, con sospechas dirigidas hacia un fantasma llamado «el Rojo». Frank llegó a obsesionarse con ese individuo desde que encontró el cuerpo de una mujer de cincuenta años, maniatada y maltratada, en una zona del parque cercana al lugar donde atacaron a Emma hacia una semana.
Frank transmitió a Ian toda su frustración cuando comenzaron a trabajar juntos y aparecían casos nuevos relacionados con la misma banda. Para Emma, esas charlas hicieron que se tomara en serio su seguridad. Además, ahora ella era una víctima viva que podía estar en peligro: no debía olvidar que de la pareja que quiso ayudar en el parque solo sobrevivió el hombre.
Mientras Emma estaba en casa recuperándose del golpe en la cabeza, ya que de expulsar la droga se encargaba su propio organismo. Los médicos le habían prescrito que debía beber mucha agua. Por suerte, la cabeza ya no le dolía demasiado, por lo que podía encender el ordenador y distraerse un rato y, quizá, ver si con un poco de suerte, se encontraba un correo electrónico del que sería su primer cliente como detective. Esperaba de corazón que alguien estuviese cabreado con su pareja por quebrantar los votos matrimoniales.
Casi se le cae la infusión digestiva de la mano cuando comprobó que, efectivamente, tenía un correo. No podía creérselo, era verdad: alguien quería hablar con ella. Estaba muy contenta.

Querida señorita Emma,
Me llamo Julian. Le escribo porque encontré uno de sus panfletos de publicidad en el parabrisas de mi coche y he pensado que, quizá, usted podría ayudarme.
Tengo una hermana, Alice, que desapareció de casa cuando tenía dieciséis años. Después de incasables búsquedas sin éxito, tuvimos que resignarnos a que no volvería, pero, últimamente, noto que alguien me sigue y creo haberla visto en el barrio chino donde solíamos ir a cenar. No lo sé, puedo estar loco, pero desearía poder verla de nuevo y hablar con ella.
Si puede me ayudar, por favor llámeme al número que le adjunto o envíeme un correo a esta misma dirección.
Julian Stone.


¡Tenía un cliente! ¡Bien! Ahora debía ir a su habitación a cambiarse el pijama por la ropa de detective y ponerse a trabajar.
Ya vestida y preparada, Emma llamó a Julian para quedar y que este le cuentase todo lo que sabía de su hermana desaparecida y así poder empezar a buscarla.

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